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RAUMSOL
Historia de su vida
Actividad Docente
Su Pedadogía
Obra
Logosófica
"La Ley de Evolución, tan genialmente establecida en toda
la Creación y cuya imponderable fuerza y virtud hace
experimentar la Sabiduría Logosófica en el plano hominal
al determinar en la conciencia su principal objetivo,
descubre al hombre las riquezas que yacen bajo sus capas
mentales como yacen en las entrañas de la tierra los
minerales más valiosos.
Pero así como el hombre barrena la tierra y abre cráteres
entre las moles cordilleranas, así también, para poder dar
con la ansiada veta de un destino mejor, debe barrenar, en
continuados esfuerzos, la ignorancia rocosa que lo turba y
lo hace vacilar."
(Diálogos, página 198, de Carlos B. González Pecotche) |
Carlos Bernardo González Pecotche, creador de
la Logosofía nació en Buenos Aires el 11 de agosto de 1901. Desde muy joven
abordó desde su particular visión los problemas humanos. El 11 de agosto de
1930, en la ciudad de Córdoba, fundó la primera Escuela de Logosofía. Desde
ese momento dedicó su vida a la realización de la obra de superación humana
que es hoy el objetivo principal de la Fundación Logosófica.
Su gran capacidad fue puesta de manifiesto en
su vasta producción literaria: escribió 21 libros acerca de la Logosofía en
diversos géneros, editó dos revistas y un periódico dedicados exclusivamente
a explicar y difundir los conocimientos logosóficos, dictó más de un millar
de conferencias en Argentina, Brasil y Uruguay y mantuvo a lo largo de toda
su vida un intenso contacto epistolar con estudiosos de la Logosofía de todo
el mundo y personalidades de la cultura de Sudamérica y Europa.
Impulsó la creación de ocho centros de
actividad logosófica (cuatro en Argentina, tres en Brasil y uno en Uruguay)
y la Escuela Primaria Logosófica “11 de Agosto” en Montevideo. Orientó en
forma personal y directa a través del ejemplo de su propia vida y hasta sus
últimos momentos a quienes cultivaron la ciencia logosófica. González
Pecotche falleció el 4 de abril de 1963 dejando una obra que continúa
creciendo y expandiéndose por el mundo.
Fue ejemplo en todo: en generosidad al
prodigar sus conocimientos, en laboriosidad por su actividad fecunda, en
calidez por la forma particular de su pedagogía. El tiempo brindará la
perspectiva justa para medir las proyecciones de su talento y la
contribución de su obra creadora para el bien de la humanidad.
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Historia de su vida
Al proponernos penetrar en cualquiera de sus
detalles, la vida constituye en todas sus expresiones un campo ilimitado de
conocimientos, que a la vez estimulan sentimientos, sensaciones, sorpresa,
admiración.
Podríamos decir, también, que esos límites
inalcanzables (¿infinitos?) son un misterio permanente que acicatea de
continuo el tránsito de la humanidad por este mundo. Satisfecho un
interrogante otros nos demandan nuevos esfuerzos.
Experiencia única e irrepetible, como se ha
reconocido, cada vida humana encierra potencialidades visibles e invisibles.
Para sus congéneres tiene esa riqueza proyecciones diversas y así, en la
memoria colectiva de la historia y la cultura, va registrándose el paso y el
hacer de las figuras que sobresalen por su ejemplo digno de emulación o por
las duras experiencias de las que fueron protagonistas y que aleccionan
mejores rumbos.
Una rápida mirada a la labor desarrollada por
Carlos B. González Pecotche a lo largo de su vida (1901-1963) nos enfrenta a
los interrogantes que suscita el intento de abarcar la historia de una vida.
A partir de sus jóvenes veintinueve años, y
por poco más de treinta años que abarcó en el tiempo su vida pública,
desarrolló una intensa actividad como escritor, educador, conferenciante,
junto con una copiosa tarea epistolar dando a conocer la ciencia de su
creación que llamó Logosofía, a la vez que atendía sus obligaciones
familiares, sociales y laborales.
Impulsó la creación de nuevas sedes de la
institución que fundara inicialmente en Córdoba en 1930: Rosario, Buenos
Aires, Paraná (Argentina), Montevideo (Uruguay), Belo Horizonte, Río de
Janeiro, San Pablo (Brasil). Brindó más de mil conferencias. Publicó un
periódico y varias revistas. Su producción como escritor abarca más de
veinte títulos (ensayos, novela, tratados, etc.). En fin, una intensa labor
investigativa, intelectual y docente en la que desde sus mismos comienzos
plasma en forma integral, en tan diversas expresiones y formas, su original
cosmovisión portadora de una nueva generación de conocimientos.
Al observar con admiración la dinámica de
estas vidas ejemplares promueve en nosotros el enigma que plantea el origen
de tanto saber y talento que, intuimos, encierra el secreto de las
posibilidades que asisten a todo ser humano para alcanzar tan altos estrados
del conocimiento.
De estas posibilidades habló reiteradamente
González Pecotche alentando la búsqueda del saber acerca de sí mismo, del
semejante y del mundo, ejemplificando con su vida y su magisterio las
proyecciones que puede alcanzar la evolución consciente de todos los
atributos humanos para la construcción de un destino y un mundo mejor.
En tal sentido afirmaba: Para poder conocer
una verdad es necesario aproximarse a ella progresiva y continuadamente, con
humildad, empeño y tacto. Cuando decimos que el hombre se hereda a sí mismo,
estamos refiriéndonos a una ley que, como todas las leyes universales,
encierra una gran verdad, pero será menester conocer el mecanismo de esa ley
hasta en sus pequeños detalles para poder apreciar su insuperable
importancia. Quien piense que ello es cosa que puede dejarse librada al azar
o realizarse bajo el impulso de entusiasmos pasajeros, se equivoca y
terminará decepcionado. Convengamos, entonces, que para conocer ese
mecanismo es imprescindible la asistencia de la conciencia, a la que habrá
que dotar con conocimientos que interpenetren el misterio de esa ley y
esclarezcan su realidad. (La herencia de sí mismo, Ed. del autor, Buenos
Aires, 1957, pág.19).
La perspectiva que ya brinda el primer
centenario del nacimiento de González Pecotche nos muestra la acción
infatigable de quien habiendo heredado de sí mismo el conocimiento
trascendente que prodigó a manos llenas, unió pensamiento y acción en
ejemplo cabal de una vida humana en la cual se manifestó en hechos concretos
el contenido humanístico de su concepción del hombre y del mundo.
Despertar las conciencias a un mundo superior
requirió de un camino no transitado aún, que condujera con certeza y
convicción, basadas en la realización experimental, a las grandes metas a
que aspira el espíritu humano.
Para que la mirada se dirigiera con seguridad
hacia el propio mundo interno, emprendió sin vacilar una ruta no académica,
lo que le demandaría mayores esfuerzos.
Le fue necesario trascender las huellas
tradicionales de la especulación intelectual dirigidas hacia lo externo del
investigador, tan necesarias para el conocimiento del mundo la naturaleza,
de modo tal que aquella mirada hacia la propia interioridad, guiada por el
conocimiento, hiciera posible la antigua aspiración del "conócete a ti
mismo" con la aplicación del método fruto de su original creación.
Aun estimados minuciosamente los valores que
acredita un creador por el legado de su obra, la medida resultante quizá
pueda aproximarse al número de la provechosa herencia en favor de la
humanidad toda. ¿Pero, alcanzamos con ello a percibir en toda su dimensión
la talla espiritual del genio?
Carlos B. González Pecotche estableció con la
Logosofía, para todo aquel que libremente decida investigarla, bases
experimentales sólidas para transformar, por medio del conocimiento, la vida
y el destino humano dándoles un contenido trascendente y posibilitando de
tal modo la construcción de un mundo mejor.
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Actividad Docente
La actividad docente de Carlos B. González
Pecotche fue parte esencial en todo el desarrollo de su labor creadora.
Si fuera posible definir su figura con una
sola palabra, esta reclama otorgarle el título de Maestro. Vocablo con el
cual brindamos uno de nuestros máximos reconocimientos a quienes con su
labor y su obra contribuyen al acervo evolutivo de la humanidad. Trazar la
semblanza de un docente, de un Maestro, implicará referirnos a su mensaje y
a su capacidad pedagógica y didáctica, pero principalmente a la acción
docente fundamental: su propio ejemplo.
El mensaje de González Pecotche expresa una
concepción humanística que trasciende los límites conocidos de lo que
habitualmente se ha venido entendiendo acerca del humanismo como elevada
manifestación de las diversas áreas de la cultura, que conserva la memoria
de la humanidad como uno de sus más preciados tesoros, cuya diversidad, y al
cabo imprecisa definición, hace que reaparezca de tiempo en tiempo el vago
anhelo de su renovada vigencia, encerrándose en el vocablo humanismo
recónditas e inexpresables esperanzas.
Al respecto escribió:
La Logosofía da a conocer el humanismo en
su contenido esencial, cuyo ejercicio facilita la adopción entusiasta y
consciente de las reglas éticas señaladas por su enseñanza. Comienza este
nuevo humanismo por exaltar en el ser la parte humana de Dios, la chispa
divina, latente en él hasta el advenimiento del hombre a su mundo interno,
hecho que le lleva a alcanzar la plenitud de su perfeccionamiento psíquico,
moral y espiritual. Con ese objeto la sabiduría logosófica le prepara,
enseñándole paso a paso y proceso tras proceso los múltiples aspectos que
deben condicionar su vida. Le guía hacia el conocimiento del humanismo en
las honduras de su ser, y, desde allí le conduce a desarrollar sus aptitudes
y calidades hasta afianzar en él la esencia humana, poniéndole en
condiciones de contribuir al afianzamiento de esa esencia en el corazón de
la humanidad.
Tenemos, en suma, que humanismo es,
para la Logosofía, el ser racional y consciente realizando en sí mismo las
excelencias de su condición de humano y de su contenido espiritual sobre la
base de una incesante superación. Dichas excelencias deberán trascender por
el ejemplo y la enseñanza a toda la humanidad. La admiración consciente y el
respeto a la creación, de la cual el hombre es parte y súbdito a la vez, han
de inspirarle el respeto y la consideración a sus semejantes, por ser ello
su consecuencia lógica.
(C. B.González
Pecotche, El mecanismo de la vida consciente, Ed. del autor, 2da. ed.,
Buenos Aires, 1963, pág. 104).
Como se ve, se trata de una concepción del
humanismo que va más allá de los alcances de la cultura del arte y del
saber, que contribuyen, sin duda, a la superación civilizada, pero que fuera
del pulimento externo de las relaciones de la vida social no han calado
hondo en el alma humana como para superar fehacientemente la enorme gama de
conflictos a lo largo de la historia. Historia que forma parte de esa misma
cultura y que sin embargo pese a las aspiraciones conocidas no se ha
convertido en "maestra de la vida" para que permitiera efectivamente evitar
la reiteración de tantos errores.
El planteo humanístico de González Pecotche
tiene sus raíces en las excelencias de la condición humana que se
conquistan, por el conocimiento, a través de un constante esfuerzo de
superación individual trascendiendo, en las conductas resultantes, al
entorno familiar y social. En esta concepción humanística el individuo no es
el sujeto egoísta encerrado en sí mismo, sino un activo integrante de la
comunidad humana para quien ser es saber y por el saber consciente,
evolutivo, va capacitándose como factor positivo en favor de la armonía, la
concordia y el entendimiento. Como creador e impulsor de esta nueva
corriente de pensamiento González Pecotche, fue ejemplo vivo de este
humanismo con su actividad incesante a lo largo de más de treinta años
consagrados a transmitir los fundamentos de este nuevo enfoque de la vida
humana, que conducen a la realización plena del verdadero sentido de la
existencia.
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Su Pedagogía y Didáctica
Para la enseñanza de estos nuevos
conocimientos con los cuales el autor estructuró la ciencia logosófica,
necesitó valerse de una pedagogía y una didáctica que permitieran que su
educando los incorporara a su mundo interno y a partir de su libre
determinación iniciara un proceso consciente de permanente superación
individual de sus condiciones humanas.
Frente a la habitualidad del estudio memórico
de los conocimientos no vinculados a la vida interna de la persona, tuvo que
buscar nuevos caminos conducentes a la finalidad del nuevo saber.
Debía el estudiante capacitarse, paso a paso,
para ser un verdadero observador y testigo de sí mismo y sin depender de
dogma o intermediario alguno, por sí mismo, proseguir su aprendizaje.
El conocimiento acerca del hombre, de la vida
y del mundo no puede estarle vedado a ningún ser humano cuyas inquietudes
vibren en tal sentido. Para que esto fuera posible su verbo no se presenta
con un discurso abstruso o alambicado. Por el contrario una característica
singular es la exposición de su enseñanza en forma sencilla, clara, amena,
lo que no implica apresurada superficialidad o intrascendencia.
Por un lado, por la índole vital y
esencialmente sensible de este conocimiento creó un original método que no
sigue rígidos pasos programáticos, sin que por ello la lógica de todo
aprendizaje progresivo no oriente su evolución. Por otro, por el estudio
memórico y lineal de los conocimientos externos a la vida interna de la
persona, a que hicimos referencia, su verbo se expresa, a primera vista, con
apariencia no metódica, no sistemática u ordenada.
Al referirse a esta presentación de su
enseñanza expresó: "...juntar, unir y prender para llegar a comprender..."
de manera que el estudioso no reiterara hábitos o modalidades que afectarán
lo esencial al conocimiento logosófico: su vinculación con el mundo interno
del investigador y su experimentación e incorporación a la vida.
Por la índole del conocimiento que brindó, la
ejemplaridad docente de González Pecotche está íntimamente vinculada al
testimonio de su propia vida.
Esa índole, incorporada con la evolución
consciente a la vida del ser humano, se manifiesta plenamente en la unidad
del pensar, sentir, decir y hacer, que es una de las condiciones que permite
llegar "a la consubstanciación de ambas naturalezas, la física y la
espiritual" (Op. cit.).
Su figura, como docente de conocimientos
acerca del hombre, la vida y el mundo, no se caracterizó por la mera
sugestión que emana del magnetismo de un orador brillante.
Un nuevo conocimiento, trascendente, era el
contenido de su acción pedagógica y sus esfuerzos personales, directos,
estuvieron particularmente dirigidos a que quienes se interesaban en su
mensaje superaran otra de las milenarias tendencias de la mente humana: la
propensión a creer, que junto con la ingenuidad y la imaginación han poblado
profusamente a través de los tiempos el contenido mental de las aspiraciones
metafísicas de las diversas culturas.
Desde los mismos comienzos de su labor
docente expresó que no debía "creerse" en su palabra sino que el
conocimiento que contenía debía ser verificado con la experimentación en el
propio mundo interno y en la propia vida.
Este claro ejemplo de honestidad intelectual
se vinculaba así a su preceptiva metodológica fundamental para el proceso de
evolución consciente: "experimentar lo que se estudia y estudiar lo que se
experimenta". La continuidad de la nueva corriente de pensamiento estaba
asegurada, así, por la verdad experimentada en la realidad de la vida más
allá de la perentoriedad del tiempo físico de la vida personal de quien la
creara y de imaginarias fantasías sin sustento. Mas este ejemplo promueve
el enigma que plantea el origen de tanto saber y talento que, intuimos,
encierra el secreto de las posibilidades que asisten a todo ser humano para
alcanzar tan altos estrados del conocimiento.
En este sentido su vida es un concreto
ejemplo como aval del conocimiento que enseñó, mas, a la vez, encierra el
misterio inefable de un Maestro...
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Obra Logosófica
Raumsol comenzó su Obra en 11 de agosto de
1930, al crear, oficialmente, su Escuela, en la ciudad de Córdoba, en la
República Argentina y presentar sus primeros discípulos. A partir de esa
fecha, trabajó incansablemente durante toda su vida para dejar un legado al
mundo: la Obra Logosófica. Vamos enseguida a consignar algunos de los
principales hechos ocurridos en las décadas del 30, 40, 50 e 60:
Década del 30
Ese período caracterizase por la rápida
expansión del movimiento logosófico, surgiendo Filiales de la Escuela en
Rosario, Buenos Aires, Montevideo y Belo Horizonte.
Luego en 1931, Raumsol inició la publicación
de la revista "Aquarius", que continuó siendo editada hasta fines de 1939,
abarcando un total de 40 ediciones. En 1935 comenzó la publicación del
periódico "Heraldo Raumsólico", con un total de 52 ediciones.
En 1933, dio a conocer su nueva ciencia, la
Logosofía, publicando en 1934 su primer libro: "Axiomas y Principios de
Logosofía", seguido, en 1935, de "Cartas Iniciáticas". En 1936, surgió el "Logosofia.
Tratado Elemental de Enseñanza". En 1937, Raumsol publicó el tomo II de
"Axiomas Y Principios de Logosofía", seguido de "Artículos y Publicaciones",
una recopilación de diversos e importantes artículos del Autor, publicados
en periódicos de la Argentina y otros países. En 1938, surgió "Perlas
Bíblicas"
Década del 40
La década comenzó con la publicación de los
libros "Nueva Concepción Política" y "Biognosis".
En el año 1941, se inició la publicación de
la Revista "Logosofía", que fue la portadora del verbo de Raumsol hasta
diciembre de 1947, con un total de 84 ediciones.
Haciendo un recuento de lo realizado en las
dos primeras décadas, el autor pronunció en ese periodo 839 Conferencias,
atendió y contestó 2945 cartas, realizando innumerables viajes a las filial
de Argentina y Uruguay. Todo ello sin desatender sus obligaciones físicas y
familiares.
Década del 50
La década del 50 caracterizase por la
publicación de 8 libros: "Intermedio Logosófico", en 1950; Introducción al
Conocimiento Logosófico", en 1951; "Diálogos", en 1952; Exégesis Logosófica"
y "El Mecanismo de la Vida Consciente", en 1956; "La Herencia de Sí Mismo" y
"Logosofía, Ciencia y Método", en 1957 y "El Señor de Sándara" en el año
1959. En setiembre de 1959 Raumsol estuvo en Brasil, dando un gran impulso a
las Sedes do Rio de Janeiro, Belo Horizonte e São Paulo, pronunciando
"Clases Especiales" y atendiendo las necesidades crecientes del movimiento
logosófico de ese país.
Década del 60
Esta década comenzó con un evento muy
importante para el movimiento logosófico: la realización, en Abril de 1960,
del 1o. Congreso Internacional de Logosofía, en la ciudad de Montevideo,
Uruguay.
En 1962, los discípulos
Alcira López Ibarburu, Elsa Romay, Oscar de Olave, Enriqueta Troutbeck y
Alba Ibarburu, atendiendo una decisión del Maestro Raumsol, siguen para la
ciudad de México, donde dan inicio a una nueva Filial.
Fueran publicados los libros "Deficiencias Y
Propensiones del Ser Humano", en 1962 y "Curso de Iniciación Logosófica", en
1963.
En 4 de abril de 1963, falleció, en la ciudad
de Buenos Aires, Carlos Bernardo González Pecotche, pero la Obra de Raumsol,
legada a la humanidad, avanza con el empeño y la dedicación de sus leales
discípulos, que colaboran en las Instituciones Logosóficas que fueron
surgiendo en diversos países y que, hoy, forman el Mundo Logosófico, dando,
de esa forma, nuevos impulsos a la Obra legada por Raumsol a la humanidad.
Los libros "Bases para Tu Conducta" y "El
Espíritu" fueron editados después de su fallecimiento. Hay todavía, un
enorme conjunto bibliográfico a ser publicado, teniendo en cuenta las
palabras del propio Autor en una Conferencia pronunciada en la Filial de
Montevideo, el 16 de marzo de 1963:
"Yo tengo, por ejemplo, adelantado el tiempo
en la parte que corresponde a los libros, por ejemplo, diría en diez o
veinte años, tal es el material inédito que tengo, y muchas otras cosas
también..."
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